1 de enero de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 32 - Distinto año, mismos problemas

Bueno, pues ya hemos llegado. Otro año más. El ser humano ha de alimentarse de banales ilusiones para creerse dueño de su destino, como la de hoy. Porque celebramos, sí, y mucho, pero ¿el qué? El cambio del año. ¿Y que tiene el cambio de año de especial? Eliminando lo humanamente superfluo, mi vida, nuestra vida, va a seguir siendo la misma. Sigo siendo la misma persona que ayer y apuesto que seguiré siendo la misma que mañana (a grandes rasgos, el debate empirista lo dejamos para otro día). He salido de mi mismo salón y, al entrar en mi habitación, todo seguía en el mismo sitio que el año pasado. Incluso el ordenador, que también ha vivido el cambio del año, seguía de igual manera que lo dejé. El único cambio palpable ha sido el cambio de calendario, y eso, en mi casa, ya hace días que sucedió. Así pues, ¿qué ha cambiado?

Hecho el inciso y con el incesante tronar de la euforia prosopopeyada en forma de pólvora como telón y en los primeros compases de este nuevo (y muy cambiado) año, me gustaría (si me permitís esta frivolité) escribir las primeras líneas, con pluma, tintero y cuidada caligrafía, de este folio en blanco que es el 2006.

Aún están recientes las campanadas del nuevo año, la multitud de supersticiones que afloran en tal señalado día y la cantidad de deseos (unos los típicos, como salud, paz, amor... para el mundo y otros, los más típicos, dinero, dejar de fumar, que toque la lotería, un/a buen/a novio/a, etc...) pedidos a no se sabe quien (porque espero que la gente no crea que se los va a traer la personificación del 2006). Sacamos nuestra mejor sonrisa del armario, esa de las ocasiones especiales y que, en forma de amor al prójimo, esconde nuestro inconmensurable y egoísta amor propio, olvidándonos por un momento de todo y de todos y disfrutando de los buenos momentos con la familia o de fiesta con los amigos.

Me gusta que la gente sea feliz, lo admito. Que disfrute su vida, pues no va a tener una segunda oportunidad. Pero no nos engañemos. Si hay un día en el que nada va a cambiar, ese es hoy. Y mañana, con la resaca de las fiestas, el mundo seguirá igual, listo para cortarnos las alas de papel maché y devolvernos a la rutina diaria, esa que no entiende de cambios de años y que no se toma las uvas como nosotros. Y los problemas de ayer, del año pasado, seguirán donde los dejamos, en primera fila.

Por eso necesitamos pararnos un minuto a reflexionar. Porque lo realmente importante es el día a día. Porque la esencia de la vida no se encuentra en ostentosos días como hoy entre campanada y campanada, sino en la sencillez de un día cualquiera en un año cualquiera. Porque debemos comprender que lo que hoy celebramos es efímero, un simple cambio de página, pero el cuaderno sigue con hojas en blanco donde podremos seguir contando nuestra historia. Por ello os animo a que, en vez de cargar el saco de ilusiones un día como hoy para aprovisionarse para todo el año, sepáis coger de cada día una pequeña ilusión. Porque sólo así descubriremos la esencia de la vida.

P.D. Me gustaría dedicar este humilde artículo a todas aquellas personas que, por unas razones o por otras, no han podido sacar su sonrisa del armario. Para todas ellas y para que vuelvan a encontrar pronto el camino de la felicidad.

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