Cuaderno de Bitácora, Día 257 - "Merci beaucoup", París
Me gustaría tener una especie de "pensadero", como el que posee Dumbledore en Harry Potter. Un invento que me permitiera guardar mis recuerdos como si películas se tratasen y después poder volver a verlos, nítidamente. Incluso grabarlos en formato DVD y añadirles comentarios del director. Sin embargo, y hasta que la tecnología diga lo contrario, hay cosas que son coto privado de la fantasía y tendremos que seguir viendo el pasado por imágenes susceptibles de cambiar o extinguirse con el paso del tiempo. Débiles fotografías sensibles a influencias posteriores e incluso al acto corrosivo y erosionador que, dicen, ejerce el alcohol sobre ellas. Y sin embargo, los recuerdos son lo más bonito y valioso que nos queda del pasado, al igual que los retratos en blanco y negro, amarillentos y desgastados, lo son en comparación con la nueva fotografía digital.
En la última comida familiar, mi tía se levantó y, con ese estilo hollywoodiense que tanto le agrada utilizar, como queriendo resarcirse de una utópica (no te enfades, tía) carrera de luces, cámaras y fama, pronunció, copa en mano, las siguientes palabras: "Familia, Andrés (su marido), las niñas y yo nos vamos a París". Lo primero, las risas provocadas por la pequeña de dos años al repetir varias veces, como un diminuto eco, "París, París, París", con ese estilo que sólo los niños son capaces de adoptar. Lo siguiente, comentarios, charlas, planes y consejos; muchos consejos. Entre ellos mi padre, al que en ocasiones no me parezco tanto como dicen, repartiendo de todos los tipos y colores "Deberías ir por...", "No dejéis de visitar...", "Si podéis, pasad por...", "Daros una vuelta por..." acompañado de una guarnición de anécdotas personales "Yo recuerdo cuando...", "Nosotros fuimos por...", "A nosotros nos...".
Entonces entró en el tema de Disneyland, porque todo el que va a Paris ha de ir obligatoriamente a Disneyland. Sería como ir a Madrid y no pasar por el Bernabeu. Ahí mi padre (o debería decir le parisien) suscitó la atención de la mayor, que tiene nueve años y, que como es normal, le atrae más el castillo de Blancanieves que el de Versalles o hacerse una foto con Mickey y cia que con La Gioconda y amigos. Sin embargo pronto perdí el hilo de la conversación...
París... Hacía ya 9 años y tenía, justamente, otros tantos. Como mi prima. En mi caso había sido como regalo de comunión. Mi padre intentó embaucarme una vez en una merienda con unos amigos suyos. Me llamó y, sabiendo cuanto quería un ordenador, me propuso un dilema moral. "¿Que prefieres?" dijo. "¿Ir a Disneyland París o un ordenador?". Le miré con esa cara de niño que decía "las dos cosas" y su mirada me respondió "sólo una". En voz alta añadió: "vete, piénsalo, y me lo dices". Y yo, sin moverme del sitio, le contesté: "ya lo sé". "¿Y bien?" "Ir a Disneyland París, porque un ordenador, antes o después, te será imprescindible y tendrás que comprarlo; sin embargo el viaje no." Mi padre me felicitó: "Buena respuesta, hijo. Iremos a París entonces" y, aunque el ordenador se hizo derogar cinco años, llegó. Y acerté.
Sin embargo hoy, cuando echo la vista atrás, mis recuerdos del parque son pocos y entre ellos el más abundante es el agua. Se tiró lloviendo la mayor parte del tiempo, así que las atracciones estuvieron pasadas por agua. Recuerdo un par de situaciones, como cuando no me dejaron pasar a una atracción porque, aunque sobrepasaba el mínimo, era por mis pelos de punta (de pequeño siempre iba con los pelos de punta); y otra cuando mi padre me recordó la teoría de la relatividad en la lenta subida de una montaña rusa: "Todo lo que sube tiene que bajar". La ciencia se llevó un punto aquel día. Lo demás, imágenes sueltas. Muchas de ellas, probablemente, añadidas con posterioridad con la ayuda de fotos e imágenes.
Es de la ciudad de la que más recuerdos tengo. La torre Eiffel, cuando no pudimos subir a lo alto del todo por un problema en los ascensores o cuando la vimos iluminada con un enorme cartel que marcaba, si la memoria no me falla, los días para el final del milenio. El Arco del Triunfo con la tumba al soldado desconocido (siempre creí que realmente habían enterrado a alguien en un lugar famoso sin saber ni siquiera su nombre). Los Campos Elíseos, la Madeleine, el Obelisco, El Bateau-Mouche por el Sena, la ribera del río llena, al igual que Montmartre, de pintores. Las cuestas de este barrio, la Basílica del Sagrado Corazón, su enorme campana en lo alto de la colina, el centro Pompidou de arte moderno, la visita a la ciudad iluminada. Notre-Dame, sus parques, sus torres, sus gárgolas, la estatua de un santo (no recuerdo cual) al que podías besar el pie y pedir un deseo, sus maravillosos y coloridos rosetones. También sitios que no pude ver y que me esperan en un futuro: el Cubo de la Defensa, el Palacio de Versalles y, sobre todo, el Louvre. "Eres demasiado pequeño" me dijeron. Mentira. Hay cosas para las que no se es demasiado pequeño. Es una espina clavada. Estuve a las puertas pero no. Era “demasiado pequeño”. Al menos tengo una excusa para volver.
Aprecie París todo lo que se puede apreciar con 9 años. Cuando miro para atrás, veo un París de 9 años. Aquella ciudad me enseñó mucho y la recuerdo con cariño. Le debo en gran medida parte de mi personalidad. Hoy soy el doble de viejo, he ganado en experiencia, en aprendizaje, en sabiduría. He llegado a un punto del que estoy orgulloso y he de darle las gracias a todos los que me han ayudado a llegar hasta aquí. Necesito volver, decirle gracias y aprender de cara al futuro, porque aun tiene mucho que enseñarme. "La ciudad de la luz" la llaman. Porque eso es lo que ha sido, una luz en mi camino. Merci Beaucoup, París.
En la última comida familiar, mi tía se levantó y, con ese estilo hollywoodiense que tanto le agrada utilizar, como queriendo resarcirse de una utópica (no te enfades, tía) carrera de luces, cámaras y fama, pronunció, copa en mano, las siguientes palabras: "Familia, Andrés (su marido), las niñas y yo nos vamos a París". Lo primero, las risas provocadas por la pequeña de dos años al repetir varias veces, como un diminuto eco, "París, París, París", con ese estilo que sólo los niños son capaces de adoptar. Lo siguiente, comentarios, charlas, planes y consejos; muchos consejos. Entre ellos mi padre, al que en ocasiones no me parezco tanto como dicen, repartiendo de todos los tipos y colores "Deberías ir por...", "No dejéis de visitar...", "Si podéis, pasad por...", "Daros una vuelta por..." acompañado de una guarnición de anécdotas personales "Yo recuerdo cuando...", "Nosotros fuimos por...", "A nosotros nos...".
Entonces entró en el tema de Disneyland, porque todo el que va a Paris ha de ir obligatoriamente a Disneyland. Sería como ir a Madrid y no pasar por el Bernabeu. Ahí mi padre (o debería decir le parisien) suscitó la atención de la mayor, que tiene nueve años y, que como es normal, le atrae más el castillo de Blancanieves que el de Versalles o hacerse una foto con Mickey y cia que con La Gioconda y amigos. Sin embargo pronto perdí el hilo de la conversación...
París... Hacía ya 9 años y tenía, justamente, otros tantos. Como mi prima. En mi caso había sido como regalo de comunión. Mi padre intentó embaucarme una vez en una merienda con unos amigos suyos. Me llamó y, sabiendo cuanto quería un ordenador, me propuso un dilema moral. "¿Que prefieres?" dijo. "¿Ir a Disneyland París o un ordenador?". Le miré con esa cara de niño que decía "las dos cosas" y su mirada me respondió "sólo una". En voz alta añadió: "vete, piénsalo, y me lo dices". Y yo, sin moverme del sitio, le contesté: "ya lo sé". "¿Y bien?" "Ir a Disneyland París, porque un ordenador, antes o después, te será imprescindible y tendrás que comprarlo; sin embargo el viaje no." Mi padre me felicitó: "Buena respuesta, hijo. Iremos a París entonces" y, aunque el ordenador se hizo derogar cinco años, llegó. Y acerté.
Sin embargo hoy, cuando echo la vista atrás, mis recuerdos del parque son pocos y entre ellos el más abundante es el agua. Se tiró lloviendo la mayor parte del tiempo, así que las atracciones estuvieron pasadas por agua. Recuerdo un par de situaciones, como cuando no me dejaron pasar a una atracción porque, aunque sobrepasaba el mínimo, era por mis pelos de punta (de pequeño siempre iba con los pelos de punta); y otra cuando mi padre me recordó la teoría de la relatividad en la lenta subida de una montaña rusa: "Todo lo que sube tiene que bajar". La ciencia se llevó un punto aquel día. Lo demás, imágenes sueltas. Muchas de ellas, probablemente, añadidas con posterioridad con la ayuda de fotos e imágenes.
Es de la ciudad de la que más recuerdos tengo. La torre Eiffel, cuando no pudimos subir a lo alto del todo por un problema en los ascensores o cuando la vimos iluminada con un enorme cartel que marcaba, si la memoria no me falla, los días para el final del milenio. El Arco del Triunfo con la tumba al soldado desconocido (siempre creí que realmente habían enterrado a alguien en un lugar famoso sin saber ni siquiera su nombre). Los Campos Elíseos, la Madeleine, el Obelisco, El Bateau-Mouche por el Sena, la ribera del río llena, al igual que Montmartre, de pintores. Las cuestas de este barrio, la Basílica del Sagrado Corazón, su enorme campana en lo alto de la colina, el centro Pompidou de arte moderno, la visita a la ciudad iluminada. Notre-Dame, sus parques, sus torres, sus gárgolas, la estatua de un santo (no recuerdo cual) al que podías besar el pie y pedir un deseo, sus maravillosos y coloridos rosetones. También sitios que no pude ver y que me esperan en un futuro: el Cubo de la Defensa, el Palacio de Versalles y, sobre todo, el Louvre. "Eres demasiado pequeño" me dijeron. Mentira. Hay cosas para las que no se es demasiado pequeño. Es una espina clavada. Estuve a las puertas pero no. Era “demasiado pequeño”. Al menos tengo una excusa para volver.
Aprecie París todo lo que se puede apreciar con 9 años. Cuando miro para atrás, veo un París de 9 años. Aquella ciudad me enseñó mucho y la recuerdo con cariño. Le debo en gran medida parte de mi personalidad. Hoy soy el doble de viejo, he ganado en experiencia, en aprendizaje, en sabiduría. He llegado a un punto del que estoy orgulloso y he de darle las gracias a todos los que me han ayudado a llegar hasta aquí. Necesito volver, decirle gracias y aprender de cara al futuro, porque aun tiene mucho que enseñarme. "La ciudad de la luz" la llaman. Porque eso es lo que ha sido, una luz en mi camino. Merci Beaucoup, París.

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