7 de julio de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 219 - Historias a pie de acera (I)

El niño caminaba con las manos en los bolsillos dando patadas a una lata. La gente que pasaba por su lado no se fijaba en él, él tampoco se fijaba en la gente, sólo tenía ojos para su lata. Si se escapaba por la izquierda, él atento la devolvía a su derecha; si decidía alejarse por la derecha, el chico la acercaba a su izquierda. Y así avanzaba hacia adelante, sin levantar la vista del suelo y controlando que la lata continuase hacia adelante sin salirse del camino.

Sin embargo, cuando mejor controlada creía tener su lata, ésta chocó contra algo y se detuvo, y el chico con ella. Tan ensimismado estaba con su lata que al principio no vio una mancha negra a pocos centímetros. Le había cogido tanto cariño a la lata que había dejado en sus manos su propio camino, pues donde quiera que fuese ella, él estaba detrás. Le había mostrado por donde debía ir, ¿quien se encargaría de ello ahora?

Entonces se fijó en aquella mancha negra. Seguía allí, impertérrita ante los últimos suspiros de su lata. ¡Que desfachatez! Jamás pensó que una mancha negra tuviese tan poco tacto. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que aquel ser vil sin corazón no era una mancha negra: era un zapato. ¡Un zapato! ¡Con todo el bien que hacen, y ha tenido que ser un zapato el culpable! ¡Acaso los zapatos no tienen sentimientos! No, parece que no. Los zapatos no, pero si las personas que los llevan. Sin embargo no se atrevía a mirar hacia arriba. No se atrevía a cruzar la mirada con una persona que es capaz de llevar un asesino en uno de sus pies. Volvió a mirar a su lata, allí abajo, indefensa. Y miró también al culpable, al asesino, que le dedicó una sonrisa de sus costuras ¡Y encima se ríe! Se armó de valor y alzó la vista, decidido a pedir la pena capital contra aquel calzado laticida a quien quisiera que fuese el irresponsable de darle uso.

Esperaba una cara de criminal, como las que veía en las películas. La cara de un cuarentón recién salido de la cárcel con cicatrices por todo el rostro, mirada agresiva e irreflexiva, y de carácter similar al de su zapato, jactándose delante de sus víctimas. Y sin embargo, se encontró con alguien totalmente distinto. La cara era la de un anciano cuyas arrugas denotaban que la vida le había ofrecido más tristezas que alegrías. Y sin embargo esbozaba una gran sonrisa entre su pulcra barba blanca, una sonrisa confortable como un colacao caliente en una fría noche invernal. No podía ser. Incluso el sombrero de aquel hombre se lo decía. Aquel señor no podía ser el responsable del zapato asesino. Devolvió la mirada al suelo, esperando ver su lata recompuesta y lista para reemprender la marcha, con una sonrisa entre su diminuta boca y apremiándole para no llegar tarde a la hora de la comida. Pero no. La imagen era la misma que instantes antes había abandonado para pedir explicaciones. Su lata tendida sobre el frío cemento y el culpable con la misma sonrisa. No podía ser. Y sin embargo lo era. Pobre lata. Maldito zapato.


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