25 de marzo de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 115 - Desde su ventana

Él estaba de pie, junto a la ventana del salón. Desde allí arriba observaba a la gente que pasaba por la calle. Le gustaba hacerlo, el quedarse allí de pie durante horas, pensando y viendo pasar la vida.

Una de las cosas que hacía era crear historias. Se fijaba en una persona y le daba un nombre, una edad, una profesión, unas preocupaciones y unos sentimientos. Durante el tiempo que tardaba en doblar la esquina y desaparecer de su vista, el chico trazaba un esbozo de su vida, con importantes acontecimientos y detalles insignificantes.

Aquella tarde, el cielo se presentaba gris, un gris de confusión, un gris a medio camino entre el blanco y el negro, sin saber a cual atenerse. La primera persona en la que el chico se fijó era un hombre vestido con un traje negro y corbata (el uniforme del dinero) roja con rayas blancas. Llevaba un maletín en una mano y con la otra rebuscaba algo dentro de su chaqueta o simplemente quisiera aliviar el nerviosismo que le acuciaba. Se llamaba Enrique, treintaisiete años, Géminis. Casado y sin hijos, su padre falleció cuando era niño y en ocasiones se despertaba a altas horas de la noche, asustado por la pesadilla que suponía el no haber compartido su vida con él. Era abogado, mediocre, según él mismo reconocía, pero ganando lo suficiente para poder vivir. Sus pensamientos se centraban en un caso que le esperaba, uno sin mucha importancia pero que le había dado algún que otro quebradero de cabeza. Si pudiera pedir un deseo, no dudaría un instante: reencontrarse con su padre y recuperar los años perdidos. Lástima que los genios y las lámparas queden para los cuentos. En ese preciso instante, el hombre del traje dobló la esquina y toda su vida, todos los pensamientos que el chico le había dedicado se derrumbaron como un castillo de naipes que sucumbe a la fuerza del viento.

Entonces su mirada cambió hacia una chica joven. Tendría unos veintitres años y estudiaba Obras Públicas. Iba sola, pero sonreía, había quedado con su novio. Su nombre era Laura y no era de aquí. Cuando era niña se tuvo que trasladar con sus padres en busca de una mejor vida y de momento parecía que la había encontrado. Tenía un hermano más pequeño, Esteban, de diecisiete años, que había nacido aquí. Había aparcado todos sus problemas y preocupaciones, ahora simplemente quería disfrutar el momento (Carpe Diem). Se paró delante del escaparate de una tienda de ropa, no para ver alguna prenda que engrosara su armario sino sólo para asegurarse de que estaba radiante. Continuó calle abajo hasta que desapareció de su vista, dejándola con su verdadera historia.

Ahora se fijó en dos mujeres. Una era anciana, vestida de negro y de pelo canoso. Imaginaba en su rostro el paso del tiempo, pero desde donde se encontraba no podía apreciar los detalles. Tenía dificultad para caminar, por lo que se apoyaba en un bastón y en el brazo de su hija, que era la otra mujer que le acompañaba. La madre se llamaba Natividad, y había dejado el pueblo para ir a vivir a la ciudad con su hija Adela después de la muerte de su marido Pablo. La anciana se encontraba sola, se había sumido en la tristeza desde entonces y sólo quería hacer un último viaje para reunirse con la persona a la que había amado los últimos sesenta años, allá en el cementerio de su pueblo. Consideraba que ya había vivido suficiente y estaba preparada para cerrar el libro de su vida. Su hija, sabiendo que le quedaba poco tiempo, quería aprovechar los últimos días con su madre, resignándose a un desenlace inevitable.

Así continuó durante un largo rato, con la mirada perdida entre la gente. Un grupo de adolescentes, una pareja de enamorados, una familia con sus dos hijos, un grupo de amigos cuarentones, un joven solitario… Cada historia le hacía reflexionar sobre su propia vida, sobre su propia existencia. También volvió a ver al hombre en el que se había fijado por primera vez, pero ahora ya no era Enrique, sino Miguel. Ahora era agente inmobiliario, rozando la treintena, soltero y apasionado de la lectura. Su padre había escrito un par de libros de poesías y el quería triunfar con una historia sobre dos jóvenes que se van de casa y emprenden un viaje por el mundo. Pronto desapareció tras la puerta de uno de los portales.

Sin embargo el chico siguió observando y adivinando éxitos y fracasos entre aquellas gentes. Y así podría haber seguido durante horas, de no ser por una voz a sus espaldas que le sacó de sus ideas.

- ¿Qué haces?

La mirada del chico seguía puesta en la calle, en las personas que por allí transitaban. Conocía aquella voz por el dulce tono que le embriagaba cada vez que la escuchaba. Esbozó una leve sonrisa, imperceptible para la persona que había hablado.

- Aquí, viendo pasar la vida.

Ella ya esperaba esa respuesta, pues siempre era la misma. Ya no le sorprendía. Con resignación le contestó:

- Eres raro, ¿lo sabes?
- No es la primera vez que me lo dices – el chico había girado la cabeza y ahora la miraba, sonriendo - ¿por qué habría de serlo?

La chica dudó un momento. Ya sabía donde iba a terminar la conversación, pero de todas maneras intentó hacerle entrar en razón.

- ¿Cuántas personas ves que se pongan a mirar por la ventana a ver como pasa la vida?
- Yo ninguna. ¿Y vos?
- Sólo a ti.
- ¿A que soy original? – esperó un momento, dejando que ella dijese algo, pero como no lo hizo, continuó – Escucha. ¿Por qué ser raro significa no hacer lo que hace todo el mundo? ¿Por qué se supone que debo actuar como un ser sin cabeza como hace toda esa gente - señaló hacia la calle – sólo para evitar que, cuando me miren, no digan: “eh, mira, ese es raro” o “ten cuidado con aquel chico, es muy raro”? Si resulta que ser raro significa hacer lo que realmente deseo hacer, sin importarme lo que los demás piensen o vayan a pensar, entonces sí: soy un tipo extremadamente raro.

Se hizo un silencio entre los dos. Él la miraba, admirando su belleza. Ella también lo miraba, pensando en lo difícil que resultaba el llegarle a entender en muchos casos.

- ¿Y crees que lo que realmente quieres hacer es quedarte ahí quieto, durante horas, mirando la vida desde detrás de un cristal?

De pronto el gesto del chico cambió. Su sonrisa había desaparecido y se volvió hacia la ventana. Era hombre de pocas palabras, pero normalmente siempre las tenía a mano. En aquel momento no sabía que responder. Carecía de respuesta a aquella pregunta y eso le perturbaba. Suspiró.

- Yo…yo no se ni lo que quiero.
- Entonces sigue buscándolo entre esas gentes. Sólo deseo que lo encuentres. - y se dio media vuelta.
- ¡Espera! – la voz del chico la detuvo. Aún seguía mirando por la ventana.
- Dime
- Hay algo que si se que lo quiero – se había dado la vuelta y también había recuperado la sonrisa.
- ¿El qué?
- A ti

Mientras decía esto, se había acercado hasta ella. La miraba a los ojos, aquellos preciosos ojos que ya le habían cautivado una vez y que lo volvían hacer cada vez que se cruzaban con los suyos. La abrazó con ternura y le susurró al oído un “Te quiero”. Cerró los ojos y buscó sus labios, como muestra de su amor.

Pero no los encontró. Cuando abrió los ojos de nuevo, ella ya no estaba allí. En un principio se sorprendió, pero fue sólo un instante. Después su cara cambió, mostrando una mezcla entre resignación y tristeza. No se molestó en buscarla por la casa, porque sabía que no estaba allí. Sabía que estaba solo y que había estado solo toda la tarde. Agachó la cabeza y durante unos minutos continuó así, ajeno a todo. Que duros eran los sueños. Que bonitos, pero que duro es enfrentarse a la realidad cuando sales de ellos. Volvió junto a la ventana, apoyó su cabeza contra el cristal y se limitó a observar las gotas de lluvia que caían afuera de un cielo que se había decidido a acompañarlo en su melancolía. Una lágrima se deslizó por su mejilla, sin que le importase demasiado. Sabía que su sueño nunca se cumpliría. Sabía que su cobardía le impedía salir ahí afuera y enfrentarse al mundo cara a cara. Y sabía que su única esperanza era que, alguna vez, pudiera volver a verla desde su ventana.

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