Cuaderno de Bitácora, Día 168 - "La intolerancia me provoca sarpullidos"
Me gusta esa frase. Y está mal que yo lo diga, porque es mía. Se me ocurrió esta tarde, en la calle, pensando. En efecto, aunque mucha gente crea lo contrario, pensar (reflexionar) e ir por la calle son compatibles (aunque tampoco conviene abusar). Pues eso, que iba yo divagando con mis temas; aunque en realidad no eran mios, simplemente criticaba un hecho actual, cercano a mi núcleo social y muy de moda los últimos días (joder, que enigmático). Un hecho en el que no voy a entrar en detalles, porque no merece la pena, y porque no es relevante para lo que quiero decir (si es que a este paso quiero decir algo, porque me enrollo más que las persianas).
El caso es que la frase (la del título, por si alguno se había perdido) define en gran medida lo que pienso, por lo menos a grandes rasgos. Vivimos en un mundo de radicalismos, extremismos y egocentrismos; un mundo de violencia, conflictos y enfrentamientos. El radical no entiende de posturas, entiende de su postura. Y todo lo que se aleje de él será odiado de manera directamente proporcional a la distancia que se encuentre de dicha postura. Por eso dos extremos extienden su odio hasta que se encuentran en el centro, donde chocan y provocan enfrentamientos. Y claro, nos tiene que pillar en medio a los tolerantes (o al menos a los que intentamos serlo, porque todavía me queda un trecho para ser tolerante 100%). Te intentas mantener alejado de ambos bandos, pero cuando ocurre te pillan en medio. Manda huevos.
Pero la siguiente vez intentas hacer algo. Decides hablar, dialogar, razonar. "Nadie puede negar lo evidente" piensas. "Seguro que abordar las cosas con lógica y diálogo mejorará la situación". Pero nó. Ja. La intolerancia hace años que se vacuna contra los razonamientos. Le rebotan. Y lo que es peor: la cabrean, la hacen salir a la luz (otra vez). Tu intentas hacer ver a una persona intolerante que existen muchas posibilidades de que esté equivocada y te acabará voceando, desacreditando y demás. Y acabas la conversación pensando "Pero quien cojones me mandará a mi meterme en camisas de once varas. Con lo a gusto que estoy yo sin molestar a nadie."
Entonces la próxima vez, te pasa como a la intolerancia. Que ya estás vacunado contra el espanto. Así que, cuando empiezas a oir voces y gritos tanto de un lado como del otro acercándose, ni te molestas en recomendarles que resuelvan sus diferencias hablando. Te coges tu café y tu periódico, y desapareces un tiempo. Ya se cansaran de hacer el gilipollas y podras volver de nuevo a tu rincón de tolerancia. Aunque siempre te quedarán los sarpullidos.
El caso es que la frase (la del título, por si alguno se había perdido) define en gran medida lo que pienso, por lo menos a grandes rasgos. Vivimos en un mundo de radicalismos, extremismos y egocentrismos; un mundo de violencia, conflictos y enfrentamientos. El radical no entiende de posturas, entiende de su postura. Y todo lo que se aleje de él será odiado de manera directamente proporcional a la distancia que se encuentre de dicha postura. Por eso dos extremos extienden su odio hasta que se encuentran en el centro, donde chocan y provocan enfrentamientos. Y claro, nos tiene que pillar en medio a los tolerantes (o al menos a los que intentamos serlo, porque todavía me queda un trecho para ser tolerante 100%). Te intentas mantener alejado de ambos bandos, pero cuando ocurre te pillan en medio. Manda huevos.
Pero la siguiente vez intentas hacer algo. Decides hablar, dialogar, razonar. "Nadie puede negar lo evidente" piensas. "Seguro que abordar las cosas con lógica y diálogo mejorará la situación". Pero nó. Ja. La intolerancia hace años que se vacuna contra los razonamientos. Le rebotan. Y lo que es peor: la cabrean, la hacen salir a la luz (otra vez). Tu intentas hacer ver a una persona intolerante que existen muchas posibilidades de que esté equivocada y te acabará voceando, desacreditando y demás. Y acabas la conversación pensando "Pero quien cojones me mandará a mi meterme en camisas de once varas. Con lo a gusto que estoy yo sin molestar a nadie."
Entonces la próxima vez, te pasa como a la intolerancia. Que ya estás vacunado contra el espanto. Así que, cuando empiezas a oir voces y gritos tanto de un lado como del otro acercándose, ni te molestas en recomendarles que resuelvan sus diferencias hablando. Te coges tu café y tu periódico, y desapareces un tiempo. Ya se cansaran de hacer el gilipollas y podras volver de nuevo a tu rincón de tolerancia. Aunque siempre te quedarán los sarpullidos.

