22 de enero de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 53 - Derrotismo

En la Segunda Guerra Mundial, hubo un gran estratega, considerado como uno de los mejores de la historia. Era conocido como "El Zorro del Desierto" y su nombre era Erwin Rommel. Durante la guerra en el desierto, Rommel consiguió llevar a sus Africa Korps a varias victorias a pesar de la peor movilidad de los blindados alemanes frente a los ingleses y a los americanos. Se desenvolvió como pez en el agua, pero al final fue vencido debido a la incapacidad del suministro de gasolina para sus tanques. Al volver a Alemania se situó entre los grandes militares del ejército alemán, encargándose de gran parte de la defensa de las costas francesas ante los desembarcos del 6 de Junio de 1944. Irónicamente, fue de los pocos que propuso días antes que el desembarco podía ser realizado por la región de Normandía, en contra de la opinión de Hitler que veía más peligroso el desembarco por el paso de Calais. Y el resto de la historia ya la conocemos todos.

Hoy, y salvando las distancias, me siento un poco como Rommel. Ha sido un día de los de volver a casa con la cabeza gacha pegándole patadas a las piedras y resignarse ante la derrota. Un día de los de mirarse las manos y ver que vuelves con ellas vacías. Un día de los que no merece la pena mirarse al espejo y lo mejor es meterse en la cama lo antes posible. Y sin embargo aquí estoy. Ironías de la vida...

Yo quiero ganar. Lo deseo con todas mis fuerzas y, cada día que pasa, estoy más convencido. Lucharé hasta el final, moviéndome en mi terreno, en busca de la ansiada victoria, en busca del hermoso trofeo.

18 de enero de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 49 - Señales

Hace poco lei "El Alquimista" de Paulo Coelho. Y he de admitir que es interesante, o al menos que te hace reflexionar sobre algunas cosas. Una de ellas, la que más me llamó la atención fue la de las señales. Según Coelho, Dios se comunica con nosotros a través de señales que aparecen en nuestro entorno, pero que hemos de estar atentos a ellas pues pasan desapercibidas para el ojo distraído. Es decir, cosas insignificantes que, bien interpretadas, pueden ayudarnos a cumplir nuestros sueños.

"Bah, que tontería" pensé la primera vez que lo leí. "Si además Dios no existe". Pero a medida que te sumerges en la lectura, van apareciendo señales que guían al protagonista y al lector a través de su destino y de la historia respectivamente. Y cuando finalicé la última página y cerré el libro, ya no me parecía tan estúpida la idea. Y decidí que, a partir de entonces, iba a intentar estar más atento a esas señales, si es que existían. A fin de cuentas no me costaba nada.

Pasaron los días y no ví ninguna señal. Poco a poco iba perdiendo interés y prestando cada vez menos atención. Hasta hoy. Creo poder afirmar que hoy he visto mi primera señal. Algo insignificante y fugaz, como una mirada, pero con un enorme significado imposible de explicar o de escribir en algún sitio. Incluso tengo la certeza de que está bien interpretada. Y no de una forma razonada, como normalmente intento hacer en mi vida, sino que esta vez es una certeza mística, espiritual. Hoy creo haber dado un paso adelante hacia el leiv motiv de este blog: la esencia de la vida. No alcanzo a ver el final y tampoco pienso mirar hacia atrás, pero sé que hoy estoy un poco más cerca de llegar a algún sitio.

7 de enero de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 38 - Queridos Reyes Magos

Lo primero pediros disculpas por lo tarde que os llega esta carta, pero si aceptáis mis peticiones podéis mandarme el regalo por Seur. Espero que os encontréis bien después de una dura jornada de trabajo, aunque seguro que repartir ilusiones al final no se acaba haciendo tan pesado. De hecho, de mayor me gustaría ser como el calvo de la lotería y hacer feliz a la gente trabajando un solo día al año, pero bueno, eso tal vez os lo pida otro año.

Soy un niño de 17 años y he de reconocer que no me he portado todo lo bien que me gustaría. Es más, me he portado francamente mal. He sido egoísta, caprichoso, arrogante, envidioso, presuntuoso, soberbio, desdeñoso, insolente, engreído, vanidoso, irresponsable, orgulloso, confiado, deshonesto, mentiroso, interesado, estúpido, ignorante, cobarde, gilipollas... He contaminado, he ofendido la memoria de los muertos, no he respetado la libertad y los derechos de las personas, no he cumplido las promesas que hice, no he sabido tratar a las personas como se merecen, no he sabido dar un paso al frente y enfrentarme a la vida sino que he preferido mantener acurrucado y resguardecido tras las trincheras de mi propia timidez. Y la lista continúa. Es tan negativo mi balance anual que sé que lo único que me merezco (si es que lo merezco al menos) es carbón. Y del malo.

Pero, viendo como está el mundo y nuestra (jodida) sociedad, habrá que echarle morro. Y este año voy a pedir un regalo, un regalo caro. Un regalo que escasea en las tiendas y en las calles, que es muy difícil de encontrar hoy en día pero que a buen seguro ustedes, grandes monarcas, pueden intentar traerme. Quiero sentido común. Un sentido común que me ayude a comprender este mundo. Un sentido común que me muestre el camino a seguir, o, al menos, que muestre cuando obedecer al corazón y cuando a la razón. Un sentido común con el que pueda equilibrar mi balanza de actos y me ayude a mejorar como persona. Un sentido común que, como los buenos vinos, mejore con el paso del tiempo y con las experiencias vividas. Se que es difícil, pero creo que podré esperar hasta que lo consigáis. Y tranquilos, que los portes los pago yo.

1 de enero de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 32 - Distinto año, mismos problemas

Bueno, pues ya hemos llegado. Otro año más. El ser humano ha de alimentarse de banales ilusiones para creerse dueño de su destino, como la de hoy. Porque celebramos, sí, y mucho, pero ¿el qué? El cambio del año. ¿Y que tiene el cambio de año de especial? Eliminando lo humanamente superfluo, mi vida, nuestra vida, va a seguir siendo la misma. Sigo siendo la misma persona que ayer y apuesto que seguiré siendo la misma que mañana (a grandes rasgos, el debate empirista lo dejamos para otro día). He salido de mi mismo salón y, al entrar en mi habitación, todo seguía en el mismo sitio que el año pasado. Incluso el ordenador, que también ha vivido el cambio del año, seguía de igual manera que lo dejé. El único cambio palpable ha sido el cambio de calendario, y eso, en mi casa, ya hace días que sucedió. Así pues, ¿qué ha cambiado?

Hecho el inciso y con el incesante tronar de la euforia prosopopeyada en forma de pólvora como telón y en los primeros compases de este nuevo (y muy cambiado) año, me gustaría (si me permitís esta frivolité) escribir las primeras líneas, con pluma, tintero y cuidada caligrafía, de este folio en blanco que es el 2006.

Aún están recientes las campanadas del nuevo año, la multitud de supersticiones que afloran en tal señalado día y la cantidad de deseos (unos los típicos, como salud, paz, amor... para el mundo y otros, los más típicos, dinero, dejar de fumar, que toque la lotería, un/a buen/a novio/a, etc...) pedidos a no se sabe quien (porque espero que la gente no crea que se los va a traer la personificación del 2006). Sacamos nuestra mejor sonrisa del armario, esa de las ocasiones especiales y que, en forma de amor al prójimo, esconde nuestro inconmensurable y egoísta amor propio, olvidándonos por un momento de todo y de todos y disfrutando de los buenos momentos con la familia o de fiesta con los amigos.

Me gusta que la gente sea feliz, lo admito. Que disfrute su vida, pues no va a tener una segunda oportunidad. Pero no nos engañemos. Si hay un día en el que nada va a cambiar, ese es hoy. Y mañana, con la resaca de las fiestas, el mundo seguirá igual, listo para cortarnos las alas de papel maché y devolvernos a la rutina diaria, esa que no entiende de cambios de años y que no se toma las uvas como nosotros. Y los problemas de ayer, del año pasado, seguirán donde los dejamos, en primera fila.

Por eso necesitamos pararnos un minuto a reflexionar. Porque lo realmente importante es el día a día. Porque la esencia de la vida no se encuentra en ostentosos días como hoy entre campanada y campanada, sino en la sencillez de un día cualquiera en un año cualquiera. Porque debemos comprender que lo que hoy celebramos es efímero, un simple cambio de página, pero el cuaderno sigue con hojas en blanco donde podremos seguir contando nuestra historia. Por ello os animo a que, en vez de cargar el saco de ilusiones un día como hoy para aprovisionarse para todo el año, sepáis coger de cada día una pequeña ilusión. Porque sólo así descubriremos la esencia de la vida.

P.D. Me gustaría dedicar este humilde artículo a todas aquellas personas que, por unas razones o por otras, no han podido sacar su sonrisa del armario. Para todas ellas y para que vuelvan a encontrar pronto el camino de la felicidad.