18 de julio de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 230 - Jólibud

La vida es como una película. Cada uno grabamos la nuestra propia. Existen seis mil millones de películas rodándose en la actualidad. Muchas llegan a su final en este instante. Otras comienzan. Todos podemos ser protagonistas en nuestra propia película, y tendremos un papel secundario en las demás; bien con un papel importante, con un sola frase o simplemente saliendo como un extra. Y en muchas ni siquiera aparecemos. Cada una tiene un estílo propio, un genero. Parte de ese género se lo damos nosotros, los protagonistas; pero no todo. Porque en nuestra película, no somos ni directores ni guionistas. Aunque tengamos cierto poder para decidir el camino de la película, no podemos sentarnos detrás de las cámaras. Tenemos que estar delante.

Así que, el otro día, ante la nula perspectiva de la programación de la televisión, decidí coger el mando y ver algunas de esas películas. Y la oferta es variada. Al principio teníamos un par de insufribles dramas actuales, historias bastante insulsas y personajes poco profundos. También un par de comedias algo pasadas de moda, un film europeo (mucho plano y poco diálogo), una americanada de las de prota-chica-malo (aunque con ciertos pasajes salvables) y una de deportes, que, como en el celuloide, no tienen mucho éxito. De todas maneras, y a diferencia del cine, puedes ver varias a la vez.

Me encanta ver las reuniones de los protagonistas de éstas películas. La mayoría de ellos/as ordenan sus créditos por orden de importancia. ¡Cómo van a ser tan estúpidos de ceder a alguien el primer lugar de la lista en su propia película! Y no sólo necesitan hacer ver su protagonismo, también necesitan que se lo reconozcan: quieren el Óscar. Así pues, cada uno por su lado y Dios en todos, se esmeran en hacer una interpretación digna del premio. Pero no vale sólo con el Oscar al mejor actor/actriz principal. También quieren el Oscar al mejor actor/actriz secundaria. Así que, además de trazar un guión propio excelente y una actuación sublime; se esfuerzan por ganar puestos en los créditos de otras películas. Pero no en cualquier película, no. Sólo en aquellas dignas de ser nominadas por la Academia (nota irónica: como la de Platón, juas juas juas). ¿Para qué esforzarse en papeles cutre del cine independiente? ¿Te va a reconocer alguien eso? ¿Vas a llegar arriba con eso? Pues entonces...

Así pues ves a gente haciendo cuatro, cinco, seis... papeles a la vez llegando en pocas horas a haber actuado en decenas de películas. Impresionante. Digno de ver. De hecho es un pasatiempo divertido, cuando tengais un descanso entre escena y escena os recomiendo que lo probeis. Miras a tu derecha y ves uno de los dramas (que ya ha pasado a ser un melodrama) en un punto álgido, uno de esos diálogos antólogicos. Esa caracterización de los personajes, esa construcción lingüistica, ese uso de los giros y expresiones para enganchar al espectador. Esas emociones a flor de piel, los movimientos de los personajes. Ni Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca. Tanto es así, que echas en falta la música y la pones tu mismo. Cuando acaba la escena te das cuenta de que has puesto Memorias de África, pero que se le va a hacer...

Con lágrimas en los ojos debido a la emotividad de la escena, cambias de canal y miras hacia la izquierda. Un grupo escucha atento a un actor, sentado un metro por encima de ellos. Recuerdas haber visto antes esa escena: Marlon Brando en el Padrino. Pones un "le haré una oferta que no podrá rechazar" en labios de aquel hombre y, esta vez sí, aciertas con la banda sonora. Sin embargo te quedas a la mitad. El grupo se revela y el hombre ha de bajar de su atril. Lástima, prefería la de Coppola.

Haces zapping y no encuentras gran cosa. El film europeo sigue poniendo planos y poco diálogo. De las dos comedias, una está algo parada, su protagonista está mas concentrado en un par de papeles secundarios que ha de pulir; la otra sigue su curso. De los dramas, uno es rechazado al momento, demasiado insufrible. El otro aparece con tintes cómicos, sobre todo con la aparición estelar del prota de la americanada en un papel secundario, de cierta relevancia. Sin embargo los diálogos han perdido gran parte de su profundidad y ahora se tornan aburridos.

Vuelvo a hacer zapping, esperando encontrar algo nuevo. De repente, en uno de los canales, algo fugaz. Una gran película, una película que gana interés con el paso del tiempo. Una película con un guión que nadie conoce. Una película en la que tuve (tendré) un pequeño papel secundario y en la que alguna vez me tocará saltar delante de las cámaras a representarlo. Pero aún no. Esto simplemente era un anuncio. En el canal de la europea. Una lástima, tenía ganas de ver esa película. Me gustaba. Ojala la echen pronto.

Vuelvo al melodrama (al interesante, el otro acabó con un inquietante "Continuará", tan inquietante que ni siquiera estoy seguro de si salió o simplemente lo estoy imaginando). Ahora adquiere tintes de comedia adolescente americana. Me rio. Sólo falta un asesino en serie. Sin embargo pierde emoción con prontitud. El resto de la noche, poco cine. El fin de los dramas, la policia en una de las comedias, la americanada continua con ciertos tintes europeos, el film europeo (coño, ¿y el film europeo?) y poco más. Sólamente el final de una sueca, enrevesado guión, diálogos simples y confusos, situaciones dispares... No, no me llama.

Así que apagué la tele y me volví para casa. El balance no había sido del todo malo. Había visto escenas buenas, con grandes interpretaciones. Ninguna de Óscar, pero seguro que mejorarían en un futuro. También había habido coñazos insufribles. Películas que te dejan indiferente. Es lo que tiene el ver cine en directo. Ahh, y sobre todo, una conclusión. Los títulos de mi película serán por orden de aparición. Amen.


7 de julio de 2006

Cuaderno de Bitácora, Día 219 - Historias a pie de acera (I)

El niño caminaba con las manos en los bolsillos dando patadas a una lata. La gente que pasaba por su lado no se fijaba en él, él tampoco se fijaba en la gente, sólo tenía ojos para su lata. Si se escapaba por la izquierda, él atento la devolvía a su derecha; si decidía alejarse por la derecha, el chico la acercaba a su izquierda. Y así avanzaba hacia adelante, sin levantar la vista del suelo y controlando que la lata continuase hacia adelante sin salirse del camino.

Sin embargo, cuando mejor controlada creía tener su lata, ésta chocó contra algo y se detuvo, y el chico con ella. Tan ensimismado estaba con su lata que al principio no vio una mancha negra a pocos centímetros. Le había cogido tanto cariño a la lata que había dejado en sus manos su propio camino, pues donde quiera que fuese ella, él estaba detrás. Le había mostrado por donde debía ir, ¿quien se encargaría de ello ahora?

Entonces se fijó en aquella mancha negra. Seguía allí, impertérrita ante los últimos suspiros de su lata. ¡Que desfachatez! Jamás pensó que una mancha negra tuviese tan poco tacto. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que aquel ser vil sin corazón no era una mancha negra: era un zapato. ¡Un zapato! ¡Con todo el bien que hacen, y ha tenido que ser un zapato el culpable! ¡Acaso los zapatos no tienen sentimientos! No, parece que no. Los zapatos no, pero si las personas que los llevan. Sin embargo no se atrevía a mirar hacia arriba. No se atrevía a cruzar la mirada con una persona que es capaz de llevar un asesino en uno de sus pies. Volvió a mirar a su lata, allí abajo, indefensa. Y miró también al culpable, al asesino, que le dedicó una sonrisa de sus costuras ¡Y encima se ríe! Se armó de valor y alzó la vista, decidido a pedir la pena capital contra aquel calzado laticida a quien quisiera que fuese el irresponsable de darle uso.

Esperaba una cara de criminal, como las que veía en las películas. La cara de un cuarentón recién salido de la cárcel con cicatrices por todo el rostro, mirada agresiva e irreflexiva, y de carácter similar al de su zapato, jactándose delante de sus víctimas. Y sin embargo, se encontró con alguien totalmente distinto. La cara era la de un anciano cuyas arrugas denotaban que la vida le había ofrecido más tristezas que alegrías. Y sin embargo esbozaba una gran sonrisa entre su pulcra barba blanca, una sonrisa confortable como un colacao caliente en una fría noche invernal. No podía ser. Incluso el sombrero de aquel hombre se lo decía. Aquel señor no podía ser el responsable del zapato asesino. Devolvió la mirada al suelo, esperando ver su lata recompuesta y lista para reemprender la marcha, con una sonrisa entre su diminuta boca y apremiándole para no llegar tarde a la hora de la comida. Pero no. La imagen era la misma que instantes antes había abandonado para pedir explicaciones. Su lata tendida sobre el frío cemento y el culpable con la misma sonrisa. No podía ser. Y sin embargo lo era. Pobre lata. Maldito zapato.